Por Noelia Escobar Izquierdo, Responsable Institucional INCOTEC y Vice presidente de AFIDI
Cuando comencé mi actividad, a principios de los años noventa, la financiación pública de la innovación era todavía un ámbito poco estructurado y muy vinculado a grandes empresas tecnológicas, universidades o centros de investigación. Muchas compañías innovaban, pero pocas conocían realmente los instrumentos públicos existentes o sabían cómo convertir sus desarrollos en proyectos financiables.
La entrada de España en la Comunidad Económica Europea y la llegada de los fondos FEDER supusieron un importante punto de inflexión. Posteriormente, la consolidación de organismos como el CDTI y el crecimiento de los Programas Marco europeos contribuyeron a profesionalizar progresivamente el ecosistema de apoyo a la innovación.
En aquellos años, gran parte del trabajo de consultoría consistía en identificar oportunidades de financiación y acompañar a las empresas en la preparación de solicitudes. Sin embargo, con el paso del tiempo, la actividad fue adquiriendo una dimensión mucho más estratégica. La aparición de los incentivos fiscales a la I+D+i, el aumento de la competencia en los programas europeos y las nuevas exigencias en materia de impacto económico, sostenibilidad o transferencia tecnológica transformaron profundamente el perfil del consultor especializado.
Hoy, la consultoría en financiación de la I+D+i exige combinar conocimiento técnico, capacidad financiera, comprensión regulatoria y una visión cada vez más alineada con las prioridades industriales y tecnológicas europeas. Conceptos como digitalización, transición energética, autonomía estratégica o sostenibilidad forman ya parte habitual del análisis de cualquier proyecto innovador.
En este recorrido, probablemente uno de los mayores puntos de inflexión llegó con el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia y la movilización de los fondos Next Generation EU tras la pandemia. Nunca antes las empresas habían tenido acceso a un volumen tan importante de recursos públicos vinculados a la transformación económica y tecnológica. Pero tampoco antes había sido tan necesario traducir políticas, convocatorias y marcos regulatorios complejos en oportunidades reales para las organizaciones.
Detrás de muchos proyectos ligados a digitalización, sostenibilidad, industria, energía o innovación tecnológica hubo un trabajo silencioso, poco visible, pero absolutamente crucial: ayudar a las empresas a interpretar programas, estructurar iniciativas viables y convertir ideas estratégicas en proyectos capaces de generar impacto económico y social.
A lo largo de estas décadas también ha cambiado la percepción de las propias empresas, la financiación pública ya no se entiende únicamente como un apoyo económico puntual, sino como una herramienta capaz de acelerar procesos de innovación, reducir riesgos y mejorar la competitividad.
Mirando atrás, creo que uno de los aspectos más valiosos de esta profesión es comprobar que detrás de muchos proyectos que hoy generan crecimiento, empleo y transformación industrial, además del talento científico y empresarial, una labor silenciosa de interpretación, estructuración y acompañamiento estratégico.
Y probablemente ese siga siendo el gran valor de esta profesión: hacer posible que las ideas encuentren los recursos necesarios para convertirse en innovación real.